

SOBRE EL CARIBE
LOS REINOS QUE HABÍA EN LA ISLA ESPAÑOLA
Había
en esta isla Española cinco reinos muy grandes principales y cinco reyes muy
poderosos, a los cuales cuasi obedecían todos los otros señores, que eran sin
número, puesto que algunos señores de algunas apartas provincias no reconocían
superior dellos alguno. El reino se llamaba Maguá, la última sílaba aguda,
que ,ere decir el reino de la vega. Esta vega es de las más insignes y
admirables cosas del mundo, porque dura ochenta leguas de la Mar del Sur a la
Mar del Norte. Tiene de ancho cinco leguas y ocho, hasta diez, y tierras altísimas
de una parte y de otra. Entran en ella sobre treinta mil ríos y arroyos, entre
los cuales son los doce tan grandes como Ebro y Duero y Guadalquivir; y todos
los ríos que vienen de la una sierra que está al poniente, que son veinte y
veinte y cinco mil, son riquísimos de oro. En la cual sierra o sierras se
contiene la provincia de Cibao, de donde sale aquel señalado y subido en
quilates oro que por acá tiene gran fama. El rey y señor deste reino se
llamaba Guarionex; tenía señores tan grandes por vasallos, que juntaba uno
dellos diez y seis mil hombres de pelea para servir a Guarionex, y yo conocí a
algunos dellos. Este rey Guarionex era muy obediente y virtuoso, y naturalmente
pacífico y devoto a los reyes de Castilla; y dio ciertos años, su gente, por
su mandado, cada persona que tenía casa, lo güeco de un cascabel lleno de oro,
y después, no pudiendo henchirlo, se lo cortaron por medio y dio llena aquella
mitad, porque los indios de aquella isla tenían muy poca o ninguna industria de
coger o sacar el oro de las minas. Decía y ofrecíase este cacique a servir al
rey de Castilla con hacer una labranza que llegase desde la Isabela, que fue la
primera población de los cristianos, hasta la ciudad de Sancto Domingo, que son
grandes cincuenta leguas porque no le pidiesen oro, porque decía y con verdad
que no lo sabían coger sus vasallos. La labranza que decía que haría sé yo
que la podía hacer y con gran alegría, y que valdría más al rey cada año de
tres cuentos de castellanos*, y aun fuera tal que causara esta labranza haber en
la isla hoy más de cincuenta ciudades tan grandes como Sevilla.
El
pago que dieron a este rey y señor tan bueno y tan grande fue deshonrallo por
la mujer, violándosela un capitán mal cristiano (11). Él, que pudiera
aguardar tiempo y juntar de su gente para vengarse, acordó de irse y esconderse
sola su persona y morir desterrado de su reino y estado a una provincia que se
decía de los Ciguayos, donde era un gran señor su vasallo. Desde que lo
hallaron menos los cristianos, no se les pudo encubrir: van y hacen guerra al señor
que lo tenía (12), donde hicieron grandes matanzas, hasta que en fin lo
hobieron de hallar y prender y, preso con cadenas y grillos, lo metieron en una
nao para traerlo a Castilla. La cual se perdió en la mar, y con él se ahogaron
muchos cristianos y gran cantidad de oro, entre lo cual pereció el grano grande
que era como una hogaza y pesaba tres mil y seiscientos castellanos, por hacer
Dios venganza de tan grandes injusticias.
El
otro reino se decía del Marién, donde agora es el Puerto Real, al cabo de la
vega hacia el Norte, y más grande que el reino de Portugal, aunque cierto harto
más felice y digno de ser poblado, y de muchas y grandes sierras y minas de oro
y cobre muy rico, cuyo rey se llamaba Guacanagarí, última aguda, debajo del
cual había muchos y muy grandes señores, de los cuales yo vide y muchos, y a
la tierra déste fue primero a parar el Almirante viejo (13), que descubrió las
Indias; al cual recibió la primera vez el dicho Guacanagatí, cuando descubrió
la isla, con tanta humanidad y caridad, y a todos los los que con él iban, y
les hizo tan suave y gracioso recibimiento y socorro y aviamiento (perdiéndosele
allí aun la nao en que iba el Almirante), que en su misma patria y de sus
mismos padres no lo pudiera recebir mejor:
Esto
sé por relación y palabras del mismo Almirante. Este rey murió huyendo de las
matanzas y crueldades de los cristianos, destruido y privado de su estado,
montes perdido. Todos los otros señores súbditos murieron en la tiranía y
servidumbre que abajo será dicha.
El
tercero reino y señorío fue la Maguana, tierra también admirable, sanísima y
fertilísima, donde agora se hace la mejor azúcar de aquella isla. El rey dél
se llamó Caonabó. Este, en esfuerzo y estado y gravedad, y cerimonias de su
servicio, excedió a todos los otros. A éste prendieron con una gran sutileza y
maldad, estando seguro en su casa. Metiéronlo después en un navío para a
Castilla y, estando en el puerto seis navíos para se partir, quiso Dios mostrar
ser aquélla con las otras, grande iniquidad e injusticia, y envió aquella
noche una tormnete que hundió todos los navíos y ahogó todos los cristianos
que en ellos estaban, donde murió el dicho Caonabó cargado de cadenas y
grillos. Tenía este señor tres o cuatro hermanos muy varoniles y esforzados
como él; a prisión tan injusta de su hermano y señor, y las destruiciones y
matanzas que los cristianos en los otros reinos hacían, especialmente desque
supieron que el rey su hermano era muerto, pusiéronse en armas para ir a
cometer y vengarse de los cristianos. Van los cristianos a ellos con cientos de
caballo (que es la más perniciosa arma que puede ser para entre indios), y
hacen tantos estragos y matanzas que asolaron y despoblaron la mitad de todo
aquel reino.
El
cuarto reino es el que se llamó de Xaraguá. Éste era como el meollo o médula
o como la corte de toda aquella isla; excedía en la lengua y habla ser más
polida, en la policía y crianza más ordenada y compuesta, en la muchedumbre de
la nobleza y generosidad, porque había muchos y en gran cantidad señores y
nobles, y en la lindeza y hermosura de toda la gente, a todos los otros. El rey
y señor dél se llamaba Behechio; tenía una hermana que se llamaba Anacaona.
Estos dos hermanos hicieron grandes servicios a los reyes de Castilla e inmensos
beneficios a los cristianos, librándolos de muchos peligros de muerte; y después
de muerto el rey Behechio quedó en el reino por señora Anacaona. Aquí llegó
una vez el gobernador que gobernaba esta isla (14), con sesenta de caballo y más
trescientos peones, que los de caballo solos bastaban para asolar a toda la isla
y la Tierra Firme; y llegáronse más de trescientos señores a su llamado
seguros, de los cuales hizo meter dentro de una casa de paja muy grande los más
señores por engaño y, metidos, les mandó poner fuego y los quemaron vivos. A
todos los otros alancearon y metieron a espada con infinita gente, y a la señora
Anacaona, por hacelle honra, ahorcaron. Y acaecía algunos cristianos, o por
piedad o por cudicia, tomar algunos niños para mamparallos* no los matasen, y
poníanles a las ancas de los caballos; venía otro español por detrás y pasábalos
con su lanza. Otro, si estaba el niño en el suelo, le cortaba las piernas con
el espada. Alguna gente que pudo huir desta tan inhumana crueldad pasáronse a
una isla pequeña que está cerca de allí ocho leguas en la mar, y el dicho
gobernador condenó a todos éstos que allí se pasaron que fuesen esclavos,
porque huyeron de la carnicería.
El
quinto reino se llamaba Higuey, y señoréabalo una reina vieja que se llamó
Higuanama. A ésta ahorcaron, y fueron infinitas las gentes que yo vide quemar
vivas y depedazar y atormentar por diversas y nuevas maneras de muertes y
tormentos, y hacer esclavos todos los que a vida tomaron. Y porque son tantas
las particularidades que en estas matanzas y perdiciones de aquellas gentes ha
habido, que en mucha escriptura no podrían caber (porque en verdad que creo que
por mucho que dijese no pueda explicar de mil partes una), sólo quiero en los
de las guerras susodichas concluir con decir y afirmar que, en Dios y en mi
conciencia, que tengo por cierto que para hacer todas las injusticias y maldades
dichas, y tras que se podrían decir, no dieron más causa los indios ni
tuvieron más culpa que podrían dar o tener un convento de buenos y concertados
religiosos, para roballos y matallos, y los que de la muerte quedasen vivos
ponerlos en perpetuo captiverio y servidumbre de esclavos.
Y
más afirmo, que hasta que todas las muchedumbres de gentes de aquella isla
fueron muertas y asoladas que pueda yo creer y conjecturar, no cometieron, a los
cristianos un solo pecado mortal que fuese punible por hombres. Y los que
solamente son reservados a Dios, como son los deseos de venganza, odio y rancor
que podían tener aquellas gentes contra tan capitales emigos como les fueron
los cristianos, éstos creo que cayeron en muy pocas personas de los indios, y
eran poco más impetuosos y rigurosos, por la mucha experiencia que dellos tengo,
que de niños o muchachos diez o doce años. Y sé por cierta e infalible
ciencia que indios tuvieron siempre justísima guerra contra los cristianos, y
los cristianos una ni ninguna nunca tuvieron justa contra los indios, antes
fueron todas diabólicas e ijustísimas, y mucho más que de ningún tirano se
puede decir del mundo. Y lo mismo afirmo de cuantas han hecho en todas las
Indias.
Después
de acabadas las guerras, y muertes en ellas todos los hombres, quedando comúnmente
los mancebos y mujeres y niños, repartiéronlos entre sí, dando a uno treinta,
a otro cuarenta, a otro ciento y doscientos (según la gracia que cada uno
alcanzaba con el tirano mayor que decían gobernador). Y así repartidos a cada
cristiano, dábanselos con esta color, que los enseñase en las cosas de la fe
católica, siendo comúnmente todos ellos idiotas y hombres crueles, avarísimos
y viciosos, haciéndolos curas de ánimas. Y la cura o cuidado que de ellos
tuvieron tuvieron fue enviar los hombres a las minas a sacar oro, que es trabajo
intolerable, y las mujeres ponían en las estancias, que son granjas, a cavar
las labranzas y cultivar la tierra, trabajo para hombres muy fuertes y recios.
No daban a los unos ni a las otras de comer sino yerbas y cosas que no tenían
sustancia. Secábasele la leche de las tetas a las mujeres paridas, y así
murieron en breve todas las criaturas. Y por estar los maridos apartados, que
nunca vían a las mujeres, cesó entre ellos la generación. Murieron ellos en
las minas de trabajo y hambre, y ellas en las estancias o granjas de lo mesmo, y
así se acabaron tantas y tales multitúdines de gentes de aquella isla, y así
se pudieron haber acabado todas las del mundo. Decir las cargas que les echaban
de tres y cuatro arrobas, y los llevaban ciento y doscientas leguas y los mesmos
cristianos se hacían llevar en hamacas, que son como redes, a cuestas de los
indios, porque siempre usaron dellos como de bestias para cargas. Tenían
mataduras en los hombros y espaldas, de las cargas, como muy matadas bestias.
Decir así mesmo los azotes, palos, bofetadas, puñadas, maldiciones, y otros
mil géneros de tormentos que en los trabajos les daban, en verdad que en mucho
tiempo ni papel no se pudiese decir y que fuese para espantar los hombres.
Y
es de notar que la perdición destas islas y tierras se comenzaron a perder y
destruir desde que allí se supo la muerte de la serenísima reina doña Isabel,
que fue el año de mil y quinientos y cuatro, porque hasta entonces sólo en
esta isla se habían destruido algunas provincias por guerras injjustas, pero no
del todo, y éstas por la mayor parte y cuasi todas se le encubrieron a la reina.
Porque la reina, que haya sancta gloria, tenía grandísimo cuidado y admirable
celo a la salvación y prosperidad de aquellas gentes, como sabemos los que lo
vimos y palpamos con nuestros ojos y manos los ejemplos desto.
Débese
notar otra regla en esto: que en todas las partes de las Indias donde han ido y
pasado cristianos, siempre hicieron en los indios todas las crueldades
susodichas y matanzas y tiranías y opresiones abominables en aquellas inocentes
gentes. Y añidían muchas más y mayores y más nuevas maneras de tormentos, y
más crueles siempre fueron, porque los dejaba Dios más de golpe caer y
derrocarse en reprobado juicio o sentimiento.
Notas
11
Francisco Roldán (cfr.H de I., Lib. 1 cap 118)
12 El cacique Mayobanex (cfr., H. De I. Lib. 1 cap. 120)
13
Cristóbal Colón, para distinguirlo de su hijo, Diego Colón.
14
Nicolás Ovando
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Ultima Actualización Marzo 11, 2003
por greenman_92553 - Elias Bernard
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