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SOBRE MEXICO Y LA AMERICA CENTRAL
DE LA TIERRA FIRME
El
año de mil y quinientos y catorce pasó a la Tierra Firme un infelice
gobernador (18), crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aun prudencia, como
un instrumento del furor divino, muy de propósito para poblar en aquella tierra
con mucha gente de españoles. Y aunque algunos tiranos habían ido a la Tierra
Firme y habían robado y matado y escandalizado mucha gente, pero había sido a
la costa de la mar, salteando y robando lo que podían. Mas éste excedió a
todos los otros que antes dél habían ido, y a los de todas las islas, y sus
hechos nefarios a todas las abominaciones pasadas, no sólo a la costa de la
mar, pero grandes tierras y reinos despobló y mató, echando inmensas gentes
que en ellos había a los infiernos. Éste despobló desde muchas leguas arriba
del Darién hasta el reino y provincias de Nicaragita inclusive, que son más de
quinientas leguas, y la mejor y más felice y poblada tierra que se cree haber
en el mundo; donde había muy muchos grandes señores, infinitas y grandes
poblaciones, grandísimas riquezas de oro, porque hasta aquel tiempo en ninguna
parte había parecido sobre la tierra tanto, porque aunque de la isla Española
se había henchido casi España de oro, y de más fino oro, pero había sido
sacado con los indios de las entrañas de la tierra, de las minas dichas, donde,
como se dijo, murieron.
Este
gobernador y su gente inventó nuevas maneras de crueldades y de dar tormentos a
los indios, porque descubriesen y les diesen oro. Capitán hubo suyo que en una
entrada que hizo por mandado dél para robar y extirpar gentes, mató sobre
cuarenta mil ánimas, que vido por sus ojos un religioso de Sant Francisco que
con él iba, que se llamaba Fray Francisco de Sant Román, metiéndolos a
espada, quemándolos vivos, y echándolos a perros bravos, y atormentándoles
con diversos tormentos.
Y porque la ceguedad perniciosísima que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las indias en disponer y ordenar la conversión y salvación de aquellas gentes, la cual siempre han pospuesto (con verdad se dice esto) en la obra y efecto, puesto que por palabra hayan mostrado y colorado o disimulado otra cosa, ha llegado a tanta profundidad que hayan imaginado y practicado y mandado que se les hagan a los indios requerimientos que vengan a la fe y a dar la obediencia a los reyes de Castilla, si no, que les harán guerra a fuego y a sangre y los matarán y captivarán, etc.(19); como si el Hijo de Dios, que murió por cada uno dellos, hobiera en su ley mandado cuando dijo: Euntes docete omnesgentes; (20), que se hiciesen requerimientos a los infieles pacíficos y quietos que tienen sus tierras propias, y si no la recibiesen luego, sin otra predicación y doctrina, y si no se diesen a sí mesmos al señorío del rey que nunca oyeron ni vieron, especialmente cuya gente y mensajeros son tan crueles, tan despiadados y tan horribles tiranos, perdiesen por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la libertad, las mujeres e hijos con todas sus vidas, que es cosa absurda y estulta y digna de todo vituperio y escarnio e infierno. Así que, como llevase aquel triste y malaventurado gobernador instrucción que hiciese los dichos requerimientos, para más justificallos, siendo ellos de sí mesmos absurdos, irracionales e injustísimos, mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían, cuando acordaban de ir a saltear y robar algún pueblo de que tenían noticia tener oro, estando los indios en sus pueblos y casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles salteadores hasta media legua del pueblo, y allí aquella noche entre sí mesmos apregonaban o leían el dicho requerimiento, diciendo: »Caciques e indios desta Tierra Firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa, y un rey de Castilla, que es señor de estas tierras. Venid luego a le dar la obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, y mataremos, y captivaremos, etc...«, Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas, que comúnmente eran de paja, y quemaban vivos los hijos y mujeres y muchos de los demás, antes que acordasen.
Mataban los que querían, y los que tomaban a vida mataban a tormentos, porque dijesen de otros pueblos de oro, o de más oro de lo que allí hallaban, y los que restaban herrábanlos por esclavos. Iban después, acabado o apagado el fuego, a buscar el oro que había en las casas.
Desta
manera y en estas obras se ocupó aquel hombre perdido, con todos los malos
cristianos que llevó, desde el año de catorce hasta el año de veinte y uno o
veinte y dos, enviando en aquellas entradas cinco y seis y más criados, por los
cuales le daban tantas partes (allende de la que le cabía por capitán general)
de todo el oro y perlas y joyas que robaban y de los esclavos que hacían. Lo
mesmo hacían los oficiales del rey, enviando cada uno los más mozos o criados
que podía, y el obispo primero de aquel reino (2l) enviaba también sus criados
por tener su parte en aquella granjería. Más oro robaron en aquel tiempo de
aquel reino (a lo que yo puedo juzgar) de un millón de castellanos, y creo que me
acorto, y no se hallará que enviaron al rey sino tres mil castellanos de todo
aquello robado.Y más gentes destruyeron de ochocientas mil ánimas. Los otros
tiranos gobernadores que allí sucedieron hasta el año de treinta y tres
mataron y consintieron matar, con la tiránica servidumbre que a las guerras
sucedió, los que restaban.
Entre
infinitas maldades que éste hizo y consintió hacer el tiempo que gobernó fue
que, dándole un cacique o señor, de su voluntad o por miedo (como más es
verdad) nueve mil castellanos, no contentos con esto prendieron al dicho señor
y átanlo a un palo sentado en el suelo, y estendidos los pies pónenle fuego a
ellos porque diese más oro, y él envió a su casa y trajeron otros tres mil
castellanos.
Tórnanle
a dar tormentos, y él, no dando más oro porque no lo tenía, o porque no lo
quería dar, tuviéronle de aquella manera hasta que los tuétanos le salieron
por las plantas y así murió.
Y
déstos fueron infininitas veces las que a señores mataron y ator~ mentaron por
sacarles oro.
Otra vez, yendo a saltear cierta capitanía de españoles, llegaron a un monte donde estaba recogida y escondida, por huir de tan pestilenciales y horribles obras de los cristianos, mucha gente, y dando de súbito sobre ella, tomaron setenta u ochenta doncellas y mujeres, muertos muchos que pudieron matar. Otro día juntáronse muchos indios e iban tras los cristianos peleando por el ansia de sus mujeres e hijas. Y viéndose los cristianos apretados, no quisieron sonar la cabalgada, sino meten las espadas por las barrigas de las muchachas y mujeres, y no dejaron, de todas ochenta, una viva. Los indios, que se les rasgaban las entrañas de dolor, daban gritos y decían: «¡Oh, malos hombres, crueles cristianos, a las iras matáis!» Ira llaman en aquella tierra a las mujeres, cuasi diciendo: matar las mujeres, señal es de abominables y crueles hombres bestiales.
A
diez o quince leguas de Panamá estaba un gran senor, que se llamaba Paris (22),
y muy rico de oro. Fueron allá los cristianos, y recibiólos como si fueran
hermanos suyos, y presentó al capitán cincuenta mil castellanos de su
voluntad. El capitán y los cristianos parecióles que quien daba aquella
cantidad de su gracia que debía tener mucho tesoro (que era el fin y consuelo
de sus trabajos), disimularon y dicen que se quieren partir, y tornan al cuarto
del alba y dan sobre seguro en el pueblo, quemánlo con fuego que pusieron,
mataron y quemaron mucha gente, y robaron cincuenta o sesenta mil castellanos
otros. Y el cacique o señor escapóse, que no le mataron o prendieron.
Juntó
presto la más gente que pudo, y a cabo de dos o tres días alcanzó los
cristianos que llevaban sus ciento y treinta o cuarenta mil castellanos, y da en
ellos varonilmente, y mata cincuenta cristianos, y tómales todo el oro, escapándose
los otros huyendo y bien heridos.
Notas
18
Pedrarias de Ávila (cfr., H.de I., lib. 3 caps 53)
19 El
Requerimiento de 1513 lo comenta en H.de I., lib. 3 caps 57 y 58
20 “Id
y enseñad a todos los pueblos.”
21 Fray
Juan Cabedo, franciscano (cfr., H.de I., lib. 3 caps 59)
22 El
cacique Cutara, señor de una zona denominada Pariza o Pariba, de ahí que los
españoles la denominaran París (cfr., H.de I., lib. 3 caps 70)
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Ultima Actualización Marzo 11, 2003
por greenman_92553 - Elias Bernard
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