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SOBRE MEXICO Y LA AMERICA CENTRAL
DE LA PROVINCIA DE NICARAGUA
El
año de mil y quinientos y veinte y dos o veinte y tres pasó este tirano a
sojuzgar la felicísima provincia de Nicaragua, el cual entró en ella en triste
hora. Deste provincia, ¿quién podrá encarecer la felicidad, sanidad, amenidad
y prosperidad y población de gente suya?
Era
cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi
duraban tres y cuatro leguas en luengo, llenos de admirables frutales, que
causaba ser inmensa la gente. A estas gentes (porque era la tierra llana y rasa,
que no podían esconderse en los montes, y deleitosa, que con mucha angustia y
dificultad osaban dejarla, por lo cual sufrían y sufrieron grandes
persecuciones, y cuanto les era posible toleraban las tiranías y servidumbre de
los cristianos, y porque de su natura era gente muy mansa y pacífica) hízoles
aquel tirano con sus tiranos compañeros que fueron con él, todos los que a
todo el otro reino habían ayudado a destruir, tantos daños, tantas matanzas,
tantas crueldades, tantos captiverios e injusticias, que no podría lengua
humana decirlo.
Enviaba
cincuenta de caballo y hacía alancear toda una provincia mayor que el condado
de Rusellón, que no dejaba hombre ni mujer ni viejo ni niño a vida, por muy
liviana cosa, así como porque no venían tan presto a su llamado, o no le traían
tantas cargas de maíz que es el trigo de allá, o tantos indios para que
sirviesen a él o a otro de los de su compañía, porque, como era la tierra
llana, no podía huir de los caballos ninguno, ni de su ira infernal.
Enviaba
españoles a hacer entradas, que es ir a saltear indios a otras provincias, y
dejaba llevar a los salteadores cuantos indios querían de los pueblos pacíficos
y que les servían. Los cuales echaban en cadenas, porque no les dejasen las
cargas de tres arrobas que les echaban a cuestas.
Y
acaeció vez, de muchas que esto hizo, que de cuatro mil indios no volvieron
seis vivos a sus casas, que todos los dejaban muertos por los caminos. Y cuando
algunos cansaban y se despeaban de las grandes cargas y enfermaban de hambre y
trabajo y flaqueza, por no desensartarlos de las cadenas les cortaban por la
collera la cabeza y caía la cabeza a un cabo y el cuerpo a otro. Véase qué
sentirían los otros. Y así, cuando se ordenaban semejantes romerías, como tenían experiencia los indios de que ninguno volvía, cuando
salían iban llorando y sospirando los indios y diciendo: »Aquéllos son
los caminos por donde íbamos a servir a los cristianos y, aunque trabajábamos
mucho, en fin volvíamonos a cabo de algún tiempo a nuestras casas y a nuestras
mujeres e hijos; pero agora vamos sin esperanza de nunca jamás volver ni verlos
ni de tener más vida.
Una
vez, porque quiso hacer nuevo repartimiento de los indios, porque se le antojó
(y aun dicen que por que quitar los
indios a quien no quería bien y dallos a quien le parecía), fue causa que los
indios no sembrasen una sementera y, como no hubo para los cristianos, tomaron a
los indios cuanto maíz tenían para mantener a sí y a sus hijos, por lo cual
murieron de hambre más de veinte o treinta mil ánimas, y acaeció mujer matar
su hijo para comello de hambre.
Como
los pueblos que tenían eran todos una muy graciosa huerta cada uno, como se
dijo, aposentáronse en ellos los cristianos, cada uno en el pueblo que le
repartían o (como dicen ellos) le encomendaban, y hacía en él sus labranzas,
manteniéndose de las comidas pobres de los indios, y así les tomaron sus
particulares tierras y heredades de que se mantenían. Por manera que tenían
los españoles dentro de sus mesmas casas todos los indios, señores, viejos,
mujeres y niños, y a todos hacen que les sirvan noches y días sin holganza;
hasta los ninos, cuan presto pueden tenerse en los pies, los ocupaban en lo que
cada uno puede hacer y más de lo que puede, y así los han consumido y consumen
hoy los pocos que han restado, no teniendo ni dejándolos tener casa ni cosa
propia, en lo cual aun exceden a las injusticias en este género que en la Española
se hacían.
Han
fatigado, y opreso, y sido causa de su acelerada muerte de muchas gentes en esta
provincia, haciéndoles llevar la tablazón y madera de treinta leguas al puerto
para hacer navíos, y enviarlos a buscar miel y cera por los montes, donde los
comen los tigres. Y han cargado y cargan hoy las mujeres preñadas y paridas
como a bestias.
La
pestilencia más horrible que principalmente ha asolado aquella provincia ha
sido la licencia que aquel gobernador dio a los españoles para pedir esclavos a
los caciques y señores de los pueblos. Pedían cada cuatro o cinco meses, o
cada vez que cada uno alcanzaba la
gracia o licencia del dicho gobernador, al cacique cincuenta esclavos, con
amenazas que, si no los daban, lo habían de quemar vivo o echar a los perros
bravos.
Como
los indios comúnmente no tienen esclavos, cuando mucho un cacique tiene dos, o
tres o cuatro, iban los señores por su pueblo y tomaban lo primero todos los huérfanos,
y después pedía a quien tenía dos hijos uno, y a quien tres, dos; y desta
manera cumplía el cacique el número que el tirano le pedía, con grandes
alaridos y llantos del pueblo, porque son las gentes que más parece que aman a
sus hijos.
Como
ésto se hacía tantas veces, asolaron desde el año de veinte y tres hasta el año
de treinta y tres todo aquel reino, porque anduvieron seis o siete años cinco o
seis navíos al trato, llevando todas aquellas muchedumbres de indios a vender
por esclavos a Panamá y al Perú, donde todos son muertos. Porque es averiguado
y experimentado millares de veces que, sacando los indios de sus tierras
naturales, luego mueren más fácilmente. Porque siempre no les dan de comer y
no les quitan nada de los trabajos, como no los vendan ni los otros los compren
sino para trabajar.
Desta
manera han sacado de aquella provincia indios hechos esclavos, siendo tan libres
como yo, más de quinientas mil ánimas. Por las guerras infernales que los españoles
les han hecho y por el captiverio horrible en que los pusieron, más han muerto
de otras quinientas y seiscientas mil personas hasta hoy, y hoy los matan. En
obra de catorce años, todos estos estragos se han hecho. Habrá hoy en toda la
dicha provincia de Nicaragua obra de cuatro o cinco mil personas, las cuales
matan cada día con los servicios y opresiones cotidianas y personales, siendo
(como se dijo) una de las pobladas del mundo.
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Ultima Actualización Marzo 11, 2003
por greenman_92553 - Elias Bernard
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