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SOBRE
MEXICO Y LA AMERICA CENTRAL
DEL REINO DE YUCATÁN
El
año de mil y quinientos y veinte y seis fue otro infelice hombre proveído por
gobernador del reino de Yucatán(40), por las mentiras y falsedades que dijo y
ofrecimientos que hizo al rey, como los otros tiranos han hecho hasta agora,
porque les den oficios y cargos con que puedan robar. Este reino de Yucatán
estaba lleno de infinitas gentes, porque es la tierra en gran manera sana y
abundante de comidas y frutas mucho (aun más que la de México), y
señaladamente abunda de miel y cera más que ninguna parte de las Indias de lo
que hasta agora se ha visto.
Tiene
cerca de trescientas leguas de boja* en torno el dicho reino. La gente dél era
señalada entre todas las de las Indias, así en prudencia y policía como en
carecer de vicios y pecados más que otra, y muy aparejada y digna de ser
traída al conocimiento de su Dios, y donde se pudieran hacer grandes ciudades
de españoles, y vivieran como en un paraíso terrenal (si fueran dignos della);
pero no lo fueron por su gran cudicia e insensibilidad y grandes pecados, como
no han sido dignos de las otras muchas partes que Dios les había en aquellas
indias demostrado. Comenzó este tirano con trescientos hombres que llevó
consigo a hacer crueles guerras a aquellas gentes buenas, inocentes, que estaban
en sus casas sin ofender a nadie, donde mató y destruyó infinitas gentes. Y
porque la tierra no tiene oro, porque, si lo tuviera, por sacallo en las minas
los acabara, pero, por hacer oro de los cuerpos y de las ánimas de aquéllos
por quien Jesucristo murió, hace a barrisco* todos los que no mataba esclavos,
y a muchos navíos que venían al olor y fama de los esclavos enviaba llenos de
gentes, vendidas por vino y aceite y vinagre, y por tocinos, y por vestidos, y
por caballos, y por lo que él y ellos habían menester, según su juicio y
estima.
Daba
a escoger entre cincuenta y cien doncellas, una de mejor parecer que otra, cada
uno la que escogese, por una arroba de vino o de aceite o vinagre, o por un
tocino, y lo mesmo un muchacho bien dispuesto, entre ciento o doscientos
escogido, por otro tanto. Y acaeció dar un muchacho que parecía hijo de
príncipe por un queso, y cient personas por un caballo. En estas obras estuvo
desde el año de veinte y seis hasta el año de treinta y tres, que fueron siete
años, asolando y despoblando aquellas tierras y matando sin piedad aquellas
gentes, hasta que allí las nuevas de las riquezas del Perú, que se fue la
gente española que tenía, y cesó por algunos días aquel infierno. Pero
después tornaron sus ministros a hacer otras grandes maldades, robos y
captiverios y ofensas grandes de Dios, y hoy no cesan de hacerlas, y cuasi
tienen grandes despobladas todas aquellas trescientas leguas que estaban
(como se dijo) tan llenas y pobladas.
No
bastaría a creer nadie ni tampoco a decirse los particulares casos de
crueldades que allí se han hecho; sólo diré dos o tres que me ocurren. Cuando
andaban los tristes españoles con
perros bravos buscando y aperreando los indios, mujeres y hombres, una india
enferma, viendo que no podía huir de los perros que no la hícieIsen pedazos
como hacían a los otros, tomó una soga y atóse al pie un niño que tenía de
un año y ahorcóse de una viga, y no lo hizo tan presto que no llegaran los
perros, y despedazaron el niño, aunque antes que acabase e morir lo baptizó un
fraile.
Cuando
se salían los españoles de aquel reino, dijo uno a un hijo de un señor de
cierto pueblo o provincia que se fuese con él; dijo el niño que no quería
dejar su tierra. Responde el español: «Vete conmigo, si no, cortarte he las
orejas».. Dice el muchacho que no. Y diciéndole el muchacho que no quería
dejar su tierra, córtale las narices, riendo como si le diera un repelón lo
más.
Este
hombre perdido se loó y jactó delante de un venerable religioso,
desvergonzadamente, diciendo que trabajaba cuanto podía por empreñar muchas
mujeres indias para que, vendiéndolas preñadas por esclavas, le diesen más
precio de dinero por ellas.
En
este reino o en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus
perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar,
parecióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho chiquito a su
madre, y con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a
cada perro su parte y, después de comidos aquellos tarazones, échales todo el
corpecito en el suelo a todos juntos. Véanse aquí cuánta es la insensibilidad
de los españoles en aquellas tierras, y cómo los ha traído Dios ín reprobus
sensus*, y en qué estima tienen a aquellas gentes, criadas a la
imagen de Dios y redimidas por su sangre. Pues peores cosas veremos abajo.
Dejadas
infinitas e inauditas crueldades que hicieron los que se llaman cristianos en
este reino, que no basta juicio a pensallas, sólo con esto quiero concluirlo.
Que salidos todos los tiranos infernales dél con el ansia, que los tiene
ciegos, de las riquezas del Perú, movióse el padre fray jacobo(4l) con cuatro
religiosos de su orden de Sant Francisco a ir a aquel reino a apaciguar y
predicar y traer a Jesucristo el rebusco de aquellas gentes que restaban de la
vendimia infernal y matanzas tiránicas que los españoles en siete años
habían perpetrado; y creo que fueron estos religiosos el año de treinta y
cuatro enviándoles delante ciertos indios de la provincia de México por
mensajeros, si tenían por bien que entrasen los dichos religiosos en sus
tierras a dalles noticia de un solo Dios, que era Dios y Señor verdadero de
todo el mundo.
Entraron
en consejo e hicieron muchos ayuntamientos, tomadas primero muchas
informaciones, qué hombres eran aquéllos que se decían padres y frailes, y
qué era lo que pretendían, y en qué diferían de los cristianos, de quien
tantos agravios e injusticias habían recebido. Finalmente, acordaron de
recebirlos con que solos ellos y no españoles allá entrasen.
Los
religiosos se lo prometieron, porque así lo llevaban concedido por el visorrey
de la Nueva España(42), y cometido que les prometiesen que no entrarían más
allí españoles, sino religiosos, ni les seria hecho por los cristianos algún
agravio. Predicáronle el evangelio de Cristo como suelen, y la intinción
sancta de los reyes de España para con ellos. Y tanto amor y sabor tomaron con
la doctrina y ejemplo de los frailes, y tanto se holgaron de las nuevas de los
reyes de Castilla (de los cuales en todos los siete años pasados nunca los
españoles les dieron noticia que había otro rey sino aquél que allí los
tiranizaba y destruía), que, a cabo de cuarenta días que los frailes habían
entrado y predicado, los señores de la tierra les trujeron y entregaron todos
sus ídolos que los quemasen, y después desto sus hijos para que los
enseñasen, que los quieren más que la lumbre de sus ojos, y les hicieron
iglesias y templos y casas, y los convidaban de otras provincias a que fuesen a
predicalles y dalles noticia de Dios y de aquél que decían que era gran rey de
Castilla. Y persuadidos de los frailes, hicieron una cosa que nunca en las
Indias hasta hoy se hizo; y todas las que se fingen por algunos de los tiranos
que allá han destruido aquellos reinos y grandes tierras son falsedad y
mentira. Doce o quince señores de muchos vasallos y tierras, cada uno por sí
juntando sus pueblos y tomando sus votos y consentimiento, se subjectaron de su
propia voluntad al señorío de los reyes de Castilla, recibiendo al Emperador
como rey de España por señor supremo y universal, e hicieron ciertas señales
como firmas, las cuales tengo en mi poder con el testimonio de los dichos
frailes.
Estando
en este aprovechamiento de la fe, y con grandísima alegría y esperanza los
frailes de traer a Jesucristo todas las gentes de aquel reino, que de las
muertes y guerras injustas pasadas habían quedado, que aún no eran pocas,
entraron por cierta parte diez y ocho españoles tiranos de caballo, y doce de
pie, que eran treinta, y traen muchas cargas de ídolos tomados de otras
provincias a los indios. Y el capitán de los dichos treinta españoles llama a
un señor de la tierra por donde entraban y dícele que tomase de aquellas
cargas de ídolos y los repartiese por toda su tierra, vendiendo cada ídolo por
un indio o india para hacello esclavo, amenazándolo que si no lo hacía, que le
había de hacer guerra. El dicho señor, por temor forzado, destribuyó los
ídolos por toda su tierra, y mandó a todos sus vasallos que los tomasen para
adorallos, y le diesen indios e indias para dar a los españoles para hacer
esclavos. Los indios, de miedo, quien tenía dos hijos daba uno, y quien tres
daba dos, y por esta manera complían con aquel tan sacrílego comercio, y el
señor o cacique contentaba los españoles, si fueran cristianos.
Uno
destos ladrones impíos infernales llamado Juan García, estando enfermo y
propinco a la muerte, tenía debajo de su cama dos cargas de ídolos, y mandaba
a una india que le servía que mirase bien que aquellos ídolos que allí
estaban no les diese a trueque de gallinas, porque eran muy buenos, sino cada
uno por un esclavo. Y finalmente, con este testamento y en este cuidado ocupado,
murió el desdichado, ¿y quién duda que no esté en los infiernos sepultado?
Véase
y considérese agora aquí cuál es el aprovechamiento y religión y ejemplos de
cristiandad de los españoles que van a las Indias, qué honra procuran a Dios,
cómo trabajan que sea conocido y adorado de aquellas gentes, qué cuidado
tienen de que por aquellas ánimas se siembre y crezca y dilate su sancta fe, y
júzguese si fue menor pecado éste que el de jeroboán, qui
peccare fecit Israel(43), haciendo los dos becerros de oro para que el
pueblo adorase, o si fue igual al de judas, o que más escándalo causase.
Éstas, pues, son las obras de los españoles que van a las Indias, que
verdaderamente muchas e infinitas veces, por la cudicia que tienen de oro, han
vendido y venden hoy en este día y niegan y reniegan a Jesucristo.
Visto
por los indios que no había salido verdad lo que los religiosos les habían
prometido (que no habían de entrar españoles, y que los mesmos españoles les
traían idolos de otras tierras a vender, habiendo ellos entregado todos sus
dioses a los frailes para que los quemasen por adorar un verdadero Dios),
alborótase e indígnase toda la tierra contra los frailes, y vanse a ellos
diciendo: «¿Por qué nos habéis mentido, engañándonos que no habían de
entrar en esta tierra cristianos? ¿Y por qué nos habéis quemado nuestros
dioses, pues nos traen a vender otros dioses de otras provincias vuestros
cristianos? ¿Por ventura no eran mejores nuestros dioses que los de las otras
naciones?» Los religiosos los aplacaron lo mejor que pudieron, no teniendo qué
responder. Vanse a buscar los treinta españoles, y dícenles los daños que
habían hecho.
Requiérenles
que se vayan; no quisieron, antes hicieron entender a los indios que los mesmos
frailes los habían hecho venir allí, que fue malicia consumada. Finalmente,
acuerdan de matar los indios los frailes; huyen los frailes una noche, por
ciertos indios que los avisaron y, después de idos, cayendo los indios en la
inocencia y virtud de los frailes y maldad de los españoles, enviaron
mensajeros cincuenta leguas tras ellos, rogándoles que se tornasen y
pidiéndoles perdón de la alteración que les causaron. Los religiosos, como
siervos de Dios y celosos de aquellas ánimas, creyéndoles tornáronse a la
tierra y fueron recebidos como ángeles, haciéndoles los indios mil servicios,
y estuvieron cuatro o cinco meses después.
Notas
40
Francisco de Montejo.
41
Fray Jacobo de Tastera, franciscano, amigo de B. De las Casas.
42
Antonio de Mendoza llegó a México a finales de 1535. Por lo que la tentativa
no empezó en 1534, como cree B. De las Casas.
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Ultima Actualización Marzo 11, 2003
por greenman_92553 - Elias Bernard
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